Pónganse contentos: el verano ya fue.
Ya es historia. Todo concluye al fin, nada puede escapar.
Probablemente no estés de acuerdo. (Mientras escribo
estas palabras, dos hombres fornidos de uniforme blanco
se colocan a mi derecha y a mi izquierda y me toman
de los brazos).
¡No! les grito a ellos y a vos-. No estoy loco
ni tengo una fábrica de pizarrones. Amo el final del
verano porque es el principio de un tiempo más libre,
más digno de ser vivido. Reconciliémonos con el otoño,
que razones no faltan. Marzo, tiempo de libertad. Oid
el ruido de rotas cadenas, porque, entre otras cosas...
A partir de marzo quedamos liberados
de la obligación de tomar miles de horas de sol, sudando
y aburriéndonos, para tener un bronceado que se va a
los tres días. Y libres del mentir que esto nos encanta,
que es lo que en realidad soñamos durante todo el año
para nuestras vacaciones.
Los blancos lechosos, agradecidos.
Nos emancipamos de la arbitraria calificación que durante
tres meses dividió a la humanidad entre "los que
se fueron de vacaciones" y los que "no van
a ningún lado". Los que no tuvieron vacaciones
recuperan su autoestima: descubren que pertenecen -a
pesar de todo- a la raza humana..
Desaparece el "tenés que estar bien" -ese
tinellismo forzoso- y recuperamos el derecho a estar
mal, a tener ojeras y a no permanecer obligatoriamente
de buen humor, con una sonrisa obligatoria de obligatorios
dientes blancos. Los dark y los melancólicos festejan.
(¿Cómo festeja un dark?).
Ya no es necesario escuchar marcha y
la música del verano: dejamos de ser agredidos por esas
canciones que la radio repite en cadena nacional durante
todo el día, por estos ritmos pegajosos y desagradables
como helado derretido- que no podemos arrancar de nuestra
mente.
Los amantes de la música cantan a coro su alegría.
Ya nadie pregunta "qué hiciste"
y "por dónde estuviste", y somos libres para
charlar acerca de los otros cientos de millones de temas
de conversación que existen en el universo. Los plomos
que nos castigan con la exhibición de diapositivas y
álbumes de fotos tendrán que buscar otra excusa para
reunir a sus amigos.
Las revistas dejan de regir nuestra vida y de decretar
qué está "in" y qué está "out".
Ya no es imprescindible terminar la jornada a las siete
de la mañana -comiendo una paella de mariscos mezclados
con frutillas, disfrazados de conejos, en un restaurante
que queda a 200 kms. de la playa- solo porque está de
moda. Antimodas y seres racionales, de parabienes.
Dejamos de interesarnos en la vida de las modelos y
sus ignotos novios de la semana, (seres que en estos
meses hemos visto con más frecuencia que a nuestros
parientes o a nuestra imagen en el espejo). Los cholulos
se preguntan cómo van a hacer para sobrevivir durante
el resto del año.
La televisión se vuelve un poco menos light y deja de
poblarse de gente que no sabe hacer preguntas, reporteando
a gente que no sabe contestarlas. La gente reflexiva
aprovecha para reflexionar acerca de esto.
La pavada deja de ser obligatoria. Ahora es optativa.
Las organizaciones de derechos humanos convocan a una
marcha de apoyo.
No está mal, ¿no? Lástima que en nueve
meses se viene otro verano más. Y en doce meses más,
otra nota como esta. Chau. |