Varones: tarde de fútbol
a pesar de la prueba de química del día siguiente.
“No te preocupes Juan, después estudiamos juntos”.
Pero llega Pedro para invitarlos a ver el recital de Los Ratones
que transmiten por cable. Y buéh, chau estudio, quizá
más tarde y si no está el Flaco que te sopla
todo.
Mujeres: te en lo de Natalia,
supuestamente para estudiar para la prueba de biología.
Llama Tomás y se arma la revolución, entre los
chismes imposibles estudiar. Alguien reparte los capítulos,
total con la gorda de biología no hay problema, te
copiás todo.
Todos sabemos cómo terminan las historias:
el Flaco que es un gamba, ayuda a los que puede y en la clase
de biología vuelan las hojas y los machetes.
Somos pocos los que pasamos por el colegio o la facultad
y podemos declararnos inocentes en el tema de la copia.
Podemos decir que la mayor parte de los alumnos se
mantiene “amateur” en este arte del copiado,
pero no faltan los que llegan al profesionalismo.
Éstos últimos utilizan métodos
muy refinados en técnicas como el susurro,
la elaboración de machetes y muchas otras.
Hay miles de anécdotas sobre
este tema, y la mayoría de nosotros conocemos
unas cuantas, personales o ajenas, por lo que no vale
la pena contarlas acá.
En muchos casos el copiarse da cierto status
a los que lo practican y desvaloriza a los que no. Se mezcla,
entonces, el problema de la discriminación. No importa
cuán antiracistas digamos ser, cuando llega el momento
ese o esos compañeros que no se copian ni dejan que
se copien de ellos (porque tienen principios que valoran)
no parece que pensemos lo mismo. Esos compañeros se
convierten en el blanco de todas nuestras burlas y críticas.
¿No será que lo hacemos por envidia por no tener
el coraje de ponernos a su nivel y defender los valores correctos?
Todos, objetivamente, sabemos que no está
bien copiarse, muchos dicen que no es algo tan grave, mientras
otros dicen que es un paso previo a la corrupción.
Si realmente existen estos grados no sé, y más
o menos grave, sigue siendo algo que está mal.
El tema es que nos da miedo ser auténticos,
jugarnos y asumir nuestras responsabilidades. El copiarse
es una falta de respeto, por más feo que suene, pero
no tanto hacia los profesores, sino hacia nosotros mismo.
Somos nosotros los que estamos despreciando nuestra capacidad
para aprender, para formarnos, para llegar a ser personas
íntegras.
Si nosotros mismos no confiamos en nuestra
capacidad, ¿cómo vamos a pretender que otros
nos valoren y respeten?