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Ya
terminó quinto año, las vacaciones pasan volando.
¿Y después qué? ¿Definiste tu
carrera? ¿Definiste tu vocación?
- ¡Vocación!, una palabra rara, ¿no?
Una
tarde se encontraron cuatro amigos y se pusieron a conversar
de estos temas. Se llamaban Tomás, Mariana, Cecilia
y Pedro.
Tomás arrancó asegurando que veía su
futuro por el lado de la abogacía. Igual que su papá,
el doctor. Era una costumbre en la familia estudiar lo mismo
que el padre.
Mariana no vio a Tomás demasiado entusiasmado, pero
prefirió no decir nada, para que no la acusaran de
“metida”. Ella no se veía en la facultad,
prefería trabajar, hacer unos pesos y viajar por el
país.
Pedro confesó que no tenía idea de lo que quería
estudiar, pero sí tenía claro que quería
ayudar a los demás. Quería servir de algún
modo alas personas. Insinuó la posibilidad de una carrera
humanística. Ni terminó de hablar cuando Cecilia
lo interrumpió con una carcajada.
- Te vas a morir de hambre, ¿qué querés
estudiar? ¿filosofía, sociología? Yo
quiero tener un buen vivir, así que voy a hacer la
carrera de marketing o comercio exterior. Quiero tener trabajo,
éxito seguro e inmediato.
En ese momento un profundo silencio invadió la charla
de los cuatro amigos, mientras el sol caía en el horizonte,
y una brisa fresca invitaba a un mate calentito.
Entre ronda y ronda, Pedro, “el humanista”, tiró
una pregunta: “¿Ustedes entienden la diferencia
entre vocación y profesión?”
Ante la rotunda respuesta negativa, Pedro se animó
a hablar: “Vocación viene de la palabra latina
vocatio, que significa invitación y del verbo vocare,
que es llamar. Sabemos entonces que es ‘un llamado que
nos invita a descubrir algo’. En cambio, profesión
es originaria de professio, que es declaración, manifestación,
que además proviene del verbo profiteor, que significa
practicar un oficio, una ciencia o un arte. Sabemos entonces
que es ejercer algo que previamente aprendimos”.
Tal
como lo charlaron esto cuatro amigos, y lo propuesto por Pedro,
podemos decir que la vocación es un llamado particular,
por el cual se nos invita a descubrir el camino a seguir a
lo largo de nuestra vida.
Creo que al momento de elegir, primero hay que buscar el llamado
y luego especificarlo en algo en concreto, que es la profesión.
Ella se caracteriza por aplicar lo estudiado y aprendido en
nuestras vidas.
Un ejemplo: Jesús era el hijo de un carpintero llamado
José. El oficio que aprendió a lo largo de su
infancia y juventud fue el de un artesano. Pero su profesión
no era su misión, es decir, aquello a lo que estaba
llamado.
Su vocación iba mucho más allá de su
oficio de carpintero. Una amiga me decía que la vocación
es lo que Dios te marca, lo que quiere para vos con tanto
Amor.
De esta manera, la vocación de Jesús fue salvarnos
a nosotros del pecado, sufriendo y entregando su propia vida
en la cruz.
Obviamente, sólo
Jesús conoció siempre su vocación. Nosotros,
en cambio, debemos descubrirla, debemos buscar sus huellas
en cada rincón de nuestras vidas.
Seguramente aparecerán miedos, deseos de éxito
inmediato, presiones familiares y exigencias sociales.
La clave está
en saber ver mi vocación, conocer la razón última
por las que estudiaré o trabajaré.
No es una tarea simple. Es un trabajo de toda la vida. Te
aseguro que una vez que hayas encontrado la punta del ovillo,
te vas a sentir muy feliz y con ganas de seguir para adelante.
Quizás te pase lo mismo que a alguno de nuestros cuatro
amigos: las presiones de la familia, las ganas de un viaje
por el país, la intención de ayudar a los demás,
la tentación del dinero…
Pero no olvidés nunca que la vocación es algo
de toda una vida, no es una meta, que quizás podemos
alcanzar en un año. La vocación es el fin que
debe guiar toda nuestra vida. ¿Lo pensaste?


Todas
las vocaciones particulares derivan de una vocación
universal, común a todos los hombres: la vocación
del hijo de Dios. (Efesios 1, 4-5)
No hay que averiguar cuál es la vocación
mejor en sí misma, sino cuál es la vocación
mejor para mí, es decir, cuál es la vocación
a la que Dios me llama.
Toda vocación es a la vez un don de Dios, un
compromiso y un servicio.
La vocación me indica el modo en que puedo servir
a mis hermanos
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“La
vocación es cumplir ese sueño que Tata Dios
tuvo para mí al darme la vida. Nadie elige su vocación,
sino que ella se descubre o no se descubre. Y descubierta
se acepta o no se acepta. La vocación es como estar
con un escarbadientes delante de una aceituna: se ensarta
o se pifia, no hay muchas más posibilidades”
reflexiona el monje benedictino Mamerto
Menapace.


“Vende todo lo que tienes y sígueme”
Nadie
sale igual después de haber tenido un encuentro cara
a cara con el Señor. Mi vida, hasta el encuentro con
Él, no había sido del todo mala, ni tampoco
demasiado brillante. Era un joven que trataba de vivir más
o menos acorde con las exigencias de la Iglesia, de la familia
y de la sociedad. Estudiaba ingeniería, había
estado de novio, hacía deporte (mucho deporte) y tenía
pasión por la amistad. Ah, quería que el mundo
cambiara para ser mejor. Sí, eso lo recuerdo muy bien:
¡Quería cambiar el mundo!
No
puedo precisar cuándo fue, pero debe haber sido un
momento de tranquilidad, como los que puede haber al amanecer,
en la costa de un río… porque el Señor
habla en el silencio del corazón y, cuando el alma
está llena de cosas urgentes, no escuchamos las cosas
importantes.
Despertaba
con el sol que mediaba entre el cielo y la tierra, y sus primeros
rayos me permitían distinguir algunas formas y movimientos.
Son momentos de encuentro con uno mismo, que nos producen
sensaciones particulares, de grandeza y de pequeñez,
de sentirnos centro de algún universo, o piezas intrascendentes
de quién sabe qué rompecabezas.
Lo
cierto es que una pregunta se gestaba ante este regalo de
la creación: Señor, amigo mío, ¿qué
debo hacer para ser feliz?, ¿qué, para vivir
una vida plena y en abundancia?
La
respuesta estaba en le horizonte, lugar donde cuesta percibir
el límite entre el cielo y la tierra, entre lo humano
y lo divino, entre Dios y los hombres. Pero allí estaba.
Sonaba
fuertemente un silencio… ¿qué sentido
tenía mi vida? Cumplir los mandamientos. Eso lo hacía,
mal que mal, pero lo hacía, pero… ¿vivía
yo para una ley? El viento sopló fuerte y una frase
perdida llegó a mi mente: “Vende todo lo que
tienes y sígueme”. Me conmoví profundamente
y no quise repetirlo. ¡Qué locura!, si yo poseía
mucho.
La
brisa cesó y el Señor me esperó. Jesús
me pedía entregar todo lo que por gracias y en forma
gratuita se me había recibido de Él. No quise
ser cobarde, no es propio de la juventud. No quise irme triste,
porque poseía mucho, y me quedé. Me quedé
porque la promesa es la vida eterna y Dios es fiel a sus promesas.
Mientras tanto, me sorprendió día a día
por el amor que Dios me tiene.
Hoy
comienzo mi cuarto año de seminario y mi vida no ha
cambiado mucho. Mi ideal es ser imagen del sol que nace desde
lo alto, e iluminar a los hombres con la luz de Jesucristo,
ser horizonte entre Dios y los hombres.
Sigo
cumpliendo los mandamientos. Mal que mal, pero los cumplo.
Tengo muchos amigos, sigo haciendo mucho deporte y…
¿sabés qué?... tengo un sentido de plenitu
muy grande.
No
quise acobardarme, no es propio de la juventud.
Un
seminarista


El
tema de la elección de la carrera, me hace recordar
esa opinión bastante frecuente de nuestros viejos,
para quienes un cambio de facultad o de carrera en la mitad,
es como tirar todo lo hecho a la basura.
La
presiones que vienen de arriba son difíciles de amortiguar.
Para muchos chicos y chicas, la opinión de los padres
es determinante en sus decisiones, y tienen mucho miedo de
reconocer que no les gusta la carrera que han seguido, para
que no se las diga que fracasaron.
Creo
que las pérdidas de tiempo son algo muy relativo. Después
de todo es preferible darse cuenta a tiempo, y no el día
que uno recibe el diploma.
Rita
Levi Montalcini, una mujer de primera, que fue premio Novel
de medicina en 1986, escribió hace poco: “Se
nos ha grabado desde la infancia el dicho de ‘el tiempo
es oro’. Como tantos proverbios populares, te sugiero
que lo olvides y no hagas caso de ese refrán estúpido,
inspirado en una concepción mezquina de la vida. El
tiempo no es oro, tú puedes tener tiempo a tu disposición,
tiempo que puedes perder empleándolo en actividades
no productivas, o saboreándolo en silencio. Quedará
siempre el suficiente para dedicarlo a lo que cada uno de
nosotros quiera realizar. No es el tiempo lo que cuenta, sino
la motivación y el compromiso que tú mismo consagres
a lo que has elegido”.
Creo
que los comentarios sobran. Lo más importantes es que
estemos verdaderamente felices con nuestras decisiones. Aunque
nos cueste bastante encontrar el camino. |