| Por
Malu Gargarella
En general, nos encanta
la idea de LIBERTAD, la proclamamos, la pedimos, la
buscamos, pero cuando la alcanzamos o ella nos alcanza:
¡da vértigo! Sin duda era todo mucho más
tranquilo y seguro cuando teníamos la vida organizada:
a la mañana colegio, a la tarde inglés
o gimnasia, tal vez lunes y jueves y martes computación,
o lo que sea. Sabíamos cada día con certeza
lo que nos tocaba, a la fuerza, los horarios de las
clases, no los elegíamos nosotros pero ahí
estaban y los teníamos que acatar.
En esa época
no veíamos la hora de dejar de bancarnos: unos,
física y/o matemática, otros, literatura
y/o historia, para poder elegir las cosas que nos gustaran.
Pero cuando ese ansiado día llega, y la vida
nos abre el menú de elecciones posibles y nos
pregunta: "Bueno, entonces, ¿qué
vas a querer?" no sabemos para dónde agarrar.
Tener en nuestras manos
la posibilidad de decidir esto o aquello parece venir
a complicarnos la existencia. Nadie más toma
decisiones por mí (al menos en la mayoría
de las cosas) y toda ’posibilidad’ que elijo
se convierte en ’responsabilidad’ mía.
Ya no voy a poder pasar la pelota como lo hacía
de chico: ("Yo no fui", "¡No, seño,
fue ella!"). Ya no voy a poder salir corriendo
hasta los pantalones de papá para abrazarme a
sus piernas y esconderme detrás de ellas como
si fueran una fortaleza; ni tampoco a la menor duda
o dificultad, gritar "¡máaaa, vení!"
¿Y ahora qué?
Ahora ¡a tomar las riendas! En un primer momento
puede parecer terrible, demasiado, y da mucho miedo,
pero en verdad es fascinante! Yo siempre lo pienso como
un empezar a escribir mi propia historia.
De repente empezamos a ver que podemos abrir puertas
y que hay muchas más puertas abiertas y por abrir
de las que creíamos, que muchas sólo quedaban
cerradas porque estábamos convencidos de que
se encontraban bajo llave, o porque de eso nos convencieron,
y nunca lo comprobamos nosotros |
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mismos.
Cuando vemos que la pegamos con algunas decisiones y
con las que no, igual nos abren más los ojos,
¡puede ser emocionante! Elegir los sueños
y largarse a construirlos no tiene precio.
Es más fácil
que decidan por nosotros, que hagan por mí; es
más cómodo y trae menos preocupaciones
pero también, menos crecimiento, menos satisfacciones
y alegrías, y muchas más frustraciones...
Creo que no es una buena inversión.
Al escribir nuestra historia, también agregamos
párrafos a las historias de otros. Quizá
podemos influir en otros de formas que ni sospechamos.
Si elijo prepotencia,
intolerancia, violencia para mí, en buena medida
puedo estar eligiendo eso para los demás.
Si vivo entusiasmado, puedo dejar un párrafo
de esperanza para otros.
Si elijo vivir con verdad, dejo verdad incluso para
los que todavía no nacieron, pero algún
día vendrán. No somos islas; nuestras
vidas se chocan, se influencian, se ayudan o se quiebran.
Todo esto tiene que ver con las elecciones que hacemos.
Sus consecuencias a veces tienen nombres de personas
con derechos que quizá sienten que también
quisieron escribir una historia linda.
Los alcances de lo que
decidimos para nuestra vida pueden tener incluso rostros
difusos, con los rasgos casi imperceptibles de las generaciones
a las que les pasamos la posta.
Pero eligiendo a conciencia y fieles a nuestra verdad,
tenemos muchas puertas interesantes para abrir y para
que queden abiertas a otros Tenemos muchísimas
metáforas y poesías para escribir a las
que ojalá decidamos firmar.
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