Nota de tapa

Por Natascha Hinsch
Y sí, seguro que vas a encontrar alguna carrera que te guste, que disfrutes y en la que proyectes un determinado futuro laboral, pero no te asustes si en medio de esa carrera descubrís que no te llena del todo, que no colma todas tus expectativas.

No hay nada en el mundo que pueda hacer eso. Nada, ni la carrera, ni el trabajo, ni la familia, ni el novio/a, ni los amigos.

¿Te suena pesimista? En verdad, es todo lo contrario. El pesimista es el que cree que nada en la vida tiene sentido, que no vale la pena elegir porque nada nos puede hacer felices. Pero mi planteo es otro: como dice mi abuela, "no podés exigirle peras al olmo". Las cosas humanas te pueden hacer muy feliz pero adentro tuyo siempre vas a sentir que te falta algo, que aunque Diseño Gráfico te gusta mucho, hay algo que no cierra, que estabas convencida que la Medicina lo era todo y de repente estás perdida, que pensabas que ponerte de novia iba a solucionar todos los problemas... ¿Y, qué pasó?. Y sí, no hay vuelta que darle, estamos llamados a algo mucho más grande que supera todas las realidades materiales.

Si ponemos todas nuestras expectativas en las cosas concretas como la carrera o el trabajo o incluso la familia, nunca podremos satisfacerlas plenamente, como dice San Agustín: "Nuestro corazón está inquieto hasta que no descansa en Dios".

Dios es el que da sentido a todo lo que hacemos, por eso, a no desesperar. No es que vos y yo estemos fallando en algo cuando sentimos esa angustia porque algo nos falta, porque nos sentimos incompletos. Aunque a veces se deba a una elección equivocada, lo que nos pasa generalmente es que sentimos el ansia de ser felices, de estar completos, de que nos llene completamente lo que estamos haciendo y así perdemos de vista que a este hueco puede llenarlo Dios.

 

 

Por Malu Gargarella

En general, nos encanta la idea de LIBERTAD, la proclamamos, la pedimos, la buscamos, pero cuando la alcanzamos o ella nos alcanza: ¡da vértigo! Sin duda era todo mucho más tranquilo y seguro cuando teníamos la vida organizada: a la mañana colegio, a la tarde inglés o gimnasia, tal vez lunes y jueves y martes computación, o lo que sea. Sabíamos cada día con certeza lo que nos tocaba, a la fuerza, los horarios de las clases, no los elegíamos nosotros pero ahí estaban y los teníamos que acatar.

En esa época no veíamos la hora de dejar de bancarnos: unos, física y/o matemática, otros, literatura y/o historia, para poder elegir las cosas que nos gustaran.
Pero cuando ese ansiado día llega, y la vida nos abre el menú de elecciones posibles y nos pregunta: "Bueno, entonces, ¿qué vas a querer?" no sabemos para dónde agarrar.

Tener en nuestras manos la posibilidad de decidir esto o aquello parece venir a complicarnos la existencia. Nadie más toma decisiones por mí (al menos en la mayoría de las cosas) y toda ’posibilidad’ que elijo se convierte en ’responsabilidad’ mía. Ya no voy a poder pasar la pelota como lo hacía de chico: ("Yo no fui", "¡No, seño, fue ella!"). Ya no voy a poder salir corriendo hasta los pantalones de papá para abrazarme a sus piernas y esconderme detrás de ellas como si fueran una fortaleza; ni tampoco a la menor duda o dificultad, gritar "¡máaaa, vení!"

¿Y ahora qué? Ahora ¡a tomar las riendas! En un primer momento puede parecer terrible, demasiado, y da mucho miedo, pero en verdad es fascinante! Yo siempre lo pienso como un empezar a escribir mi propia historia.
De repente empezamos a ver que podemos abrir puertas y que hay muchas más puertas abiertas y por abrir de las que creíamos, que muchas sólo quedaban cerradas porque estábamos convencidos de que se encontraban bajo llave, o porque de eso nos convencieron, y nunca lo comprobamos nosotros

 

mismos. Cuando vemos que la pegamos con algunas decisiones y con las que no, igual nos abren más los ojos, ¡puede ser emocionante! Elegir los sueños y largarse a construirlos no tiene precio.

Es más fácil que decidan por nosotros, que hagan por mí; es más cómodo y trae menos preocupaciones pero también, menos crecimiento, menos satisfacciones y alegrías, y muchas más frustraciones... Creo que no es una buena inversión.
Al escribir nuestra historia, también agregamos párrafos a las historias de otros. Quizá podemos influir en otros de formas que ni sospechamos.

Si elijo prepotencia, intolerancia, violencia para mí, en buena medida puedo estar eligiendo eso para los demás.
Si vivo entusiasmado, puedo dejar un párrafo de esperanza para otros.
Si elijo vivir con verdad, dejo verdad incluso para los que todavía no nacieron, pero algún día vendrán. No somos islas; nuestras vidas se chocan, se influencian, se ayudan o se quiebran. Todo esto tiene que ver con las elecciones que hacemos. Sus consecuencias a veces tienen nombres de personas con derechos que quizá sienten que también quisieron escribir una historia linda.

Los alcances de lo que decidimos para nuestra vida pueden tener incluso rostros difusos, con los rasgos casi imperceptibles de las generaciones a las que les pasamos la posta.
Pero eligiendo a conciencia y fieles a nuestra verdad, tenemos muchas puertas interesantes para abrir y para que queden abiertas a otros Tenemos muchísimas metáforas y poesías para escribir a las que ojalá decidamos firmar.