
No hay palabras que definan lo esencial. Es algo que
sólo se conoce al vivirlo de verdad. Quizás
con algunas pistas te puedas dar una idea: visitar a
los que están solos, escuchar al desanimado,
meditar la Palabra de Dios con personas que jamás
conocimos, saber escuchar, aceptar un mate aunque hagan
30 grados de calor, todo esto y algunas cosas más,
son parte de misionar.

Es un grupo de chicos y chicas (a veces no son mixtos),
acompañados por un sacerdote, que comparten el
llamado del Espíritu de Jesús resucitado,
y quieren ser instrumentos útiles de la Iglesia,
que anuncia que el Reino de Dios ha llegado (¡GUAU!).
No, no te lo tomés tan a la complicada porque
misionar es lo menos complicado que hay.
Veamos una definición más simple: alguien
conoció a Jesús, se enganchó con
su propuesta de vida, se dispuso a seguirlo y conocerlo.
Un día, un amigo le recordó que mucha
gente no conoce a Jesús. Entonces, se metió
en un grupo y se fue a misionar al interior. Misionar
es entonces, y simplemente, “presentar”
a Jesús a los que no lo conocen.

La decisión de ir a misionar parte de una renuncia
a las vacaciones, porque los grupos van siempre en esa
época.
Quizás este sea el primer punto positivo del
“misionar”. Nadie dice que esté mal
disfrutar del descanso, divertirse, estar con amigos,
etc. Pero también es verdad que renunciar a algo
es una buena práctica. Es la primera decisión
que encierra en sí misma un acto de fe y entrega.

Uno sale de Buenos Aires con una mochila cargada de
preocupaciones, con los minutos contados, con la vida
hecha una carrera de fórmula uno.
En la ciudad son pocos los que realmente viven y se
realizan; la gran mayoría hacemos intentos desesperados
por SOBREVIVIR.
Llegar al lugar de misión es sintonizar con una
onda totalmente diferente. Durante quince días
no importará el reloj, ni bañarse con
una manguera día por medio, ni comer lo que sobre,
ni dormir cinco horas por día.

No hay un esquema rígido ya que cada grupo se
adapta a las características del lugar. Hay varias
cosas en común: la oración en grupo, las
celebraciones diarias, las visitas a las casas, las
actividades con la gente.
Cada día es una incógnita. Y es posible
vivir así, cuando uno tiene la confianza de que
todo está en manos de Dios.

Este es uno de los baldazos de agua fría. Llegar
a un pueblo pobre con infinidad de carencias. Nos impresiona
que no tengan luz, ni agua, ni un hospital como la gente,
ni un tren que los conecte con el mundo, no colegios…
Nos encontramos frente a frente con el hombre del lugar.
“Estamos dispuestos a enseñarle todo. Tenemos
la Buena Nueva, hemos conocido a Jesús”.
Pero una sorpresa nos espera. Ese hombre, esa mujer,
pobres, con tantas necesidades, empiezan a abrirse.
Nos cuentan cómo son, vemos cómo viven.
Nos ofrecen compartir el único pedazo de pan,
bajan frutas del único árbol fértil,
desnudan su confianza en los planes de Dios, ayudan
a los vecinos, disfrutan de lo poco que tienen.
Misionar es volver por el camino
al encuentro de los otros misioneros. Reunirse a compartir
es coincidir en las vivencias. Ninguno de ellos ha vivido
una “casualidad”. Y ellos lo saben.
Han ido a misionar con el ánimo de DAR y DARSE.
Una sorpresa del cielo los ha animado a saber RECIBIR.
|