l mundo del espectáculo, en especial el
que nos ofrece la TV y el cine, se caracteriza siempre por plantearnos
una batalla entre los “buenos” y los “malos”.
Uno es motivado siempre, casi sin darse cuenta, a tomar parte
del lado de los buenos, sin demasiados cuestionamientos. Por
lo general, el fin justifica los medios, y los “buenos”
terminan siendo tan violentos como los “malos”.
Pero, por su causa, están justificados (y nosotros terminamos
dándoles la razón).
Pensemos en el regocijo que nos causa el momento final de
las series o películas, cuando el “malo”
es obligado a humillarse delante de los vencedores, pidiendo
piedad, o de algún modo perdón.
Pareciera existir cierto sabor en eso de tener el “perdón”,
el “poder de perdonar en nuestras manos” y poder
coquetear con él como una especie de venganza que reivindique
nuestro orgullo herido.
Pero nuestra vida no es como en la TV, aunque la “caja
boba” tenga muchas cosas de nuestra vida.
Nosotros nos encontramos a diario de ambos lados del PERDÓN.
A veces debemos perdonar; otras, pedir que nos perdonen. Y
en ambos casos, se necesita ser humildes de verdad.
Te proponemos un test para mirar nuestras posturas en estos
temas:
Le habías pedido a un amigo que
te guardara un secreto. Claro, cómo no ibas a confiar,
si es uno de tus amigos más fieles. Pero un día
te encontrás con que alguien más lo sabe. Aquel
gran amigo reconoce que se equivocó, que no pensó
que fuera tan grave. ¿Cómo reaccionás?
A. No, disculpame, pero no te puedo perdonar
algo así. B. Le explicás cómo te sentiste,
para que no lo vuelva a hacer. Tratás de olvidar
y volver a confiar. C. “Mirá”, te perdono
porque soy cristiano y te tengo que perdonar pero…
olvidate de que vuelva a confiar en vos.
La verdad es que te usó. Primero,
toda divina con vos, iban juntas a todos lados, vivía
en tu casa. Te pidió que la ayudaras y lo hiciste.
Una vez que consiguió lo que quería: chau. Dio
media vuelta, y encima, te criticó como la mejor. Estuvieron
distanciadas, pero un día, al volver de un retiro,
te pidió que la perdonaras a través de una carta.
¿Qué hacés?
A. Rompés la carta;
“ahora no te hagas la santa porque volvés del
retiro, yo jamás te hubiera hecho lo que me hiciste”. B. Aceptás reconciliarte, le proponés
juntarse a charlar, y volver a construir una amistad auténtica. C. “Te perdono porque soy buena y me
acabo de confesar” (pero, parafraseando las novelas:
“nada volverá a ser como antes”).
Te peleaste con tus viejos, y en pleno
griterío te compararon con el “perfecto”
de tu hermano. Siempre odiaste que te compararan, no pudiste
aguantar y te encerraste en tu cuarto. Tu papá se dio
cuenta y apareció a pedirte perdón.
A. “No, ya está,
no es tan fácil que me olvide. De ahora en más
no se quejen si yo no quiero hablar”. B. Aprovechás la oportunidad y revisás
tu actitud. Te das cuenta que cada uno se equivocó
en algo y te sentás a aclarar todo. Los dos se perdonan. C. “Si, te perdono, pero con la condición
que…” (fijás una cláusula extra
en el contrato de la reconciliación).
En realidad, la metida de pata fue exclusivamente
suya, vos no tenías nada que ver. Sin embargo, cuando
los acusaron a los dos, él prefirió no quedarse
solo y no dijo nada. En ese momento, habrá tenido miedo,
aunque después se disculpó por no defenderte.
A. “me debés
una. ¿Vos te creés que es así de fácil
perdonar? No es que sea rencoroso, pero acordate que me debés
una”. B. “No necesito demasiadas explicaciones,
ya se me va a olvidar”. C. Primero, le recordás que esta no
es la primera vez que lo hace, y le hacés el recuento
por si le falta memoria. Finalmente, una formal absolución.
“Sean misericordiosos
como vuestro Padre es misericordioso”. (Mateo 5,
48)
“Les doy
un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros,
como yo los he amado”. (Juan 13, 34)
“Han oído
que se dijo: amarás a tu prójimo y odiarás
a tu enemigo. Pues yo les digo: amen a sus enemigos y
recen por los que los persigan”. (Mateo 4, 43)
“Pedro
se acercó entonces y le dijo: ‘Señor,
¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas
de mi hermano?, ¿hasta siete veces?’. Jesús
le dijo: ‘no te digo hasta siete veces, sino hasta
setenta veces siete’”. (Mateo 18, 21)
RESPUESTAS C:
En el nombre del Padre
Es el famoso perdón “bajo presión”,
es el que damos para cumplir con nuestra condición
de cristianos y así, como dice Benedetti: “la
culpita bien lavada” y a otra cosa.
Pero no es un perdón completo, es un gesto formal del
que el corazón no se da por enterado.
RESPUESTAS B:
La nave de los locos
Quizás para muchos sea una persona un poco “rara”
si perdonás de esta forma. Algunos se sorprenderás,
otros te creerán tonto o loco, pero la verdad es que
este es el perdón cristiano: no tiene que ver con una
palabra vacía, para “cumplir”, ni con un
pase posterior de factura. Es una actitud concreta que nace
del corazón, que experimentó sentirse amado
y perdonado gratuitamente por Dios, sin condiciones.
RESPUESTAS A:
¿Qué hice para
merecer esto?
Se trata de la actitud de quien está indignado, con
la idea de que la ofensa es grave e irreparable. Piensa que
jamás haría algo así y entonces no lo
puede comprender, sin embargo, debería saber que nadie
está exento de equivocarse alguna vez.
Conclusión:
No existe el amor verdadero sin capacidad
de perdón. Muchas veces escuchamos que alguien le dice
a otro “te amo” o tarareamos que “el amor
es más fuerte”. A veces las palabras son fáciles
de pronunciar. Para saber perdonar de verdad, hay que olvidar
en lo más profundo de nuestro corazón.
Flor
de Perdón:
El 13 de Mayo de 1981, a
menos de tres años de ser nombrado Papa, Juan Pablo
II fue herido durante una audiencia general en la plaza San
Pedro. Su agresor fue apresado y sometido a juicio. Se llama
Alí Agca y es un turco que reconoció su culpabilidad,
aunque jamás se supo si actuó por iniciativa
propia o era parte de un complot de alguna organización
terrorista.
En la Navidad de 1983, JPII visitó a Agca en la cárcel.
Nunca se conoció la conversación que mantuvieron,
pero sí se supo que el Papa lo perdonó.
Muchos dijeron que estaba loco por perdonar a quien intentó
asesinarlo. Muchos reclamaban para Agca la pena de muerte.
Muchos le deseaban los peores castigos. Pocos comprendían
el gesto de Juan Pablo II.
Este es el verdadero perdón, el que nos pide Jesús
que seamos capaces de dar. Es un gesto auténtico, el
gesto de perdonar y olvidar.