"¡Qué bajón!"..."¡Todo
me salió mal!"..."No aguanto más"..."Estoy
harto de tantas responsabilidades"..."No
me banco el colegio"..."¡Todo está
mal!".
Más de uno se puede identificar con estas
frases. ¡Cuántas veces las decimos,
las repetimos y no nos cansamos de decirlas! Hasta
en las actitudes de la gente se puede ver la tristeza
y desesperanza. Piensen lo difícil que es
ver gente alegre, con una sonrisa profunda estos
días. ¿Por qué no cambiar?
¿Por qué no vivir la vida como Jesús
nos enseñó? Con ALEGRÍA. Pero
no en forma superficial, que sea una alegría
que nazca de nuestro corazón. Que tenga sentido,
una razón. ¿Qué mejor razón
que la de Jesús resucitado?.
Jesús se entregó a si mismo para que
vivamos en Él, para que creamos en Él,
para salvarnos, y esto lo hizo por amor, porque
nos ama. Este es el “porqué”
de nuestra real y plena alegría.
“Que mi alegría esté
dentro de vosotros y vuestra alegría sea
completa” (Jn. 15-11). Esta es una
alegría profunda que se escapa por nuestros
ojos, que aparece cuando hablamos, cuando caminamos,
es una alegría tan grande que no puede permanecer
encerrada dentro de nosotros. No es una cuestión
de temperamento o de estado de ánimo. Tiene
que ver con el servicio, con el amor a los demás.
Es una alegría sana, para nada egoísta
y que contagia y da fuerzas a los demás.
“El que da con alegría, da más”
(Madre Teresa).
Esta es la manera más pura de darle gracias
a Dios. Es verdad que a veces es difícil
mostrarla, no es fácil reconocerla cuando
estamos mal, tristes, pero es ahí cuando
tenemos que pedirle a Dios que nos ayude a alcanzarla.
“…vuestra tristeza se volverá
en gozo.” (Jn. 16, 20).
Por eso, en lugar de ver todo negro, oscuro, tratemos
de reflejar esta profunda alegría de ser
hijos de Dios. “Que en el mundo tengan la
plenitud de mi gozo.” (Jn. 17, 13). De verdad
a este mundo le hace falta una cuota de nuestra
alegría plena, basada en el amor y la entrega.
Como decía la Madre Teresa: “un
corazón alegre es la consecuencia lógica
de un corazón ardiente de amor.”